Justicia, libertad y escrache

Por: Elena Bernal Rey 

Determinista de corazón, ¿libertariana en la praxis? Uno de mis conceptos favoritos en filosofía ha sido siempre el de “contradicción performativa”. Esta expresión denota el suceso en el cual se produce una contradicción entre el actuar y el decir, o incluso el actuar y el pensar. Hace ya rato, me he dado cuenta de que frecuentemente soy una contradicción performativa y muchas veces esa contradicción yace entre mi praxis política de calle y mi pensamiento filosófico de sofá. En una de las áreas en las que frecuentemente aparece es respecto a mi relación entre la filosofía y el feminismo: me declaro Kantiana y analítica, pero vivo con éticas feministas y pienso en términos continentales (históricos, materialistas, estéticos, sociales…) mucha de mi praxis política. Y en un lugar en el que me he dado cuenta de que la contradicción es muy marcada es en mi pensamiento acerca de la justicia y mis acciones políticas feministas y me siento llamada a resolverla.  

En los últimos tiempos en Colombia, y sobre todo en la escena feminista de Bogotá, se ha estado hablando mucho del “Escrache”. El Escrache es un término que nace para designar ciertas formas de denuncia pública de injusticias cometidas hacia una población cuando los mecanismos judiciales no responden adecuadamente. El término se origina en Argentina como medio de denuncia de las desapariciones que sucedieron durante la dictadura y acerca de las cuáles no se había hecho nada al respecto, lo que invitó a la población a acudir a los domicilios de los procesados por crímenes. 

Este mecanismo de denuncia pública ha sido retomado y utilizado por las feministas para denunciar crímenes machistas que no son condenados por la justicia. Es una manera de protestar en contra de un sistema judicial que no les cree a las mujeres y las re-victimiza en una gran cantidad de casos. Se puede dar en diferentes formas. La denuncia feminista no es unidimensional, es multiforme. Si bien aún me falta mucho por leer y por vivir para entender las formas de denuncia feminista, hemos pensado (pues es un tema que he pensado con mis amigas y compañeras de lucha por ahora en dos tipos de objetivos que pueden tener las denuncias feministas: la denuncia de una situación y la denuncia de una persona. El primer tipo de denuncia es, para mí, el objetivo último del escrache: el mostrar una estructura patriarcal violenta y mostrar que esa estructura No es Normal (como dice el nombre de mi colectiva) y por ende se ha de cambiar. El segundo tipo es más directo: en ciertas situaciones no es suficiente con denunciar la estructura pues una víctima necesita hacer una denuncia personal de su agresor puesto que la justicia no ha hecho nada al respecto. Este tipo de denuncia directa puede tener a su vez varios objetivos: el escarnio público (como forma de justicia), el señalamiento (como garantía de no repetición), la presión hacia el sistema judicial… Entre otras. 

Para no perderme en los objetivos de la denuncia feminista, pasaré a ejemplos concretos, tomados de mis vivencias, así como de eventos recientes que pueden ilustrar mucho mejor estas ideas. Un primer ejemplo de escrache muy conocido es el movimiento me too: Este es un ejemplo de escrache centrado en las víctimas; lo que buscaba el movimiento era denunciar el hecho de que muchas de nosotras también hemos sufrido la violencia machista, evidenciando así lo estructural del fenómeno. Pero a su vez, sirvió para hacer visibles casos que de otra manera no se habrían denunciado pues involucraban a hombres famosos con mucho poder. Otro ejemplo en el que me gusta pensar es en el destapa la olla que se lleva a cabo en Los Andes: es un espacio en el que nos reunimos a leer en voz alta testimonios de violencia y logrando dos cosas: hacer visible lo invisible y mostrarnos que no estamos solas, que muchas hemos vivido la violencia y que nos cuidamos. Como esos dos, existe una gama de escraches que tienen a su vez cosas en común y diferencias. 

Como feminista, tengo entonces muchas razones para estar a favor del escrache. En primer lugar, por la manera en la que la justicia misma se planteó desde un principio, excluyendo a las mujeres, centrándose en el estado moderno y una cantidad de premisas de autonomía e igualdad ante la ley que es imposible en territorios llenos de desigualdad, que además es una justicia punitiva y carcelaria. Pienso entonces que pasar por la justicia tradicional, muchas veces no es la mejor opción para una víctima de violencia machista, pues tiene altas posibilidades de ser culpada, revictimizada, puesta bajo la mirada pública, puede que no le crean y que el proceso sea peor que no hacer la denuncia. En muchos casos, creo que la denuncia pública permite visibilizar casos de violencia sin exponerse a todo lo que implica ese proceso, con otra ventaja y es que creo que muchas veces puede permitir opciones incluso menos punitivistas, pero hablaré más de eso al final. En segundo lugar, como ya lo dije antes, el escrache como herramienta política me parece muy importante y se puede hacer anónimamente; para hacer visibles fenómenos normalizados, permitir que muchas personas se den cuenta de que algo está mal, permitirles a muchas mujeres contar sus historias y encontrar con quién compartirlas y a los hombres darse cuenta de si fueron violentos. 

Ahora bien, y aquí viene el centro del asunto, el escrache tiene muchos problemas. Al principio, la mayoría de esos problemas quienes me los destacaban eran hombres, por lo general poco enterados de feminismo, junto con la preocupación latente de que los escrachearan por respirar y “se les dañara la vida”. Mi reacción fue no tomarlos muy en serio. Me parecía un miedo reaccionario y desinformado y por ende defendía el escrache aún más al recibir sus quejas. Pensaba que tenían que asumir que si habían sido violentos tendrían que asumir ciertas consecuencias, y que los casos en los que las denuncias eran falsas eran tan pocos que era una preocupación más bien con delirios de persecución de quienes no estaban acostumbrados a ser públicamente avergonzados por “putas”, por lo general sin fundamentos. Sin embargo, poco a poco, empecé a oír objeciones más pensadas y filosóficamente interesantes del escrache. Me empezaron a interpelar amigas o amigos más cercanos y apliqué mi lado filosófico al asunto para pensarlo desde un punto de vista diferente al de mi yo feminista. Mi lado filosófico es más bien escéptico y una de las premisas del escepticismo es pensar los argumentos opuestos con igual validez que los propios. Eso hice. Y descubrí, de paso, porque estaba viendo una materia sobre libertad y determinismo, que mis posturas feministas y filosóficas se contradecían en varios puntos. En particular porque yo defendí en esa clase el determinismo a capa y espada y un día mi profesor me preguntó si eso era compatible con el escrache, cosa que parecía anular mi argumento por contradicción pero que me dejó pensando.

Antes de explicar mejor mi postura determinista, haré un pequeño repaso por las críticas generales al escrache. La primera viene del derecho: se trata de la presunción de inocencia. En el derecho, la presunción de inocencia es uno de los pilares de un juicio justo: “inocente hasta que se demuestre lo contrario”. Eso es esencial para poder asegurar que no se condenará injustamente al culpado. Cercana a esa premisa está otro principio del derecho y es el del debido proceso. No soy abogada, pero he tenido algunas clases de derecho y me parece interesante la filosofía del derecho (y con el feminismo y las discusiones en torno al escrache también se aprende un montón). Entiendo que el derecho al debido proceso es la idea de que se deben respetar todos los requerimientos de un proceso jurídico justo. Entre ellos están entonces la presunción de inocencia, el derecho a un juez imparcial, el derecho a la defensa… Cosas que por lo general son imposibles de asegurar en un escrache. Aunque, si el escrache es una denuncia, y no un proceso de condena, ¿Deberían asegurarse? En fin, hay muchas preguntas y muchas críticas que vienen sobretodo del derecho. 

Pero no sólo vienen del derecho, muchas veces vienen también de los que se ven perjudicados por las olas de denuncia masivas: quienes son injustamente denunciados cuando son inocentes y quienes temen serlo. Y es completamente válida esa queja. La denuncia de quienes han abusado no justifica que quienes no lo han hecho sufran lo mismo. Y por más de que sean pocos casos, las olas de escrache abren la posibilidad a que pase mucho más. Sobre todo, y este es un punto central, cuando el escrache se sale de las esferas del feminismo y se hace sin un fin de cambio social sino desde posturas más individuales de denuncia y a veces revanchismo. Al lado de eso está también la idea de líneas borrosas, que también me parecía una tontería pero que he empezado a entender también: no todas las violencias son iguales y el riesgo de tratarlas así es que se equipare un comentario misógino hecho por una mujer, por ejemplo, con un acoso (exagero un poco pero casi). Si se equiparan demasiado las violencias y se escrachea para todo, el escrache pierde su fuerza en casos en los que realmente es la última opción pues la víctima se ha quedado sin posibilidades. También está el tema de que el escrache pueda hacer sentir obligadas a ciertas mujeres a denunciar cuando no quería hacerlo. Y finalmente, y el que más me interesa, es el tema del castigo. Con eso me refiero a la idea de que el escrache es un castigo, y volvemos al tema de la justicia punitiva. 

Ahí es donde entra el tema del determinismo también. Cuando leí Nietzsche, me sentí muy atraída por su crítica a la moral y al castigo en general. En genealogía de la moral el man habla de que el castigo es particularmente valorado en la moral judeo-cristiana y proviene en realidad de la venganza. El castigo es entonces de cierta manera, la venganza institucionalizada. Por la misma línea, cree que la culpa es la venganza interiorizada, pero ese es otro tema. El castigo es entonces la manera en la que se puede legitimar la venganza socialmente y a nivel filosófico se justifica con la idea de que somos libres y autónomos (ideas que también después han recibido la crítica de ser muy masculinas, pero eso también es polémico). Para mí, la idea de que somos libres siempre ha sido poco plausible. Poco después de conocer a Nietzsche, conocí a Spinoza y pasé un tiempo con él. Para él, por su parte, el ser humano es simplemente parte de un uno universal que es la sustancia, que es Dios, que es lo único que hay y se desenvuelve de manera racional. Es complicado de explicar, pero simplificándolo mucho, se trata de la idea de que el universo es un todo único que funciona como un cierto engranaje del que las personas individuales sólo son partes o formas accidentales que no son independientes del funcionamiento causal que rige al todo. La libertad es entonces una ilusión que proviene del desconocimiento de las causas que preceden los sucesos y los determinan. 

Bueno, y dirán ¿qué tiene que ver ese determinismo con la justicia y el escrache? Pues bien, si seguimos a Spinoza, como a mí me gustaría hacerlo muchas veces, llegamos a la conclusión de que no somos libres. Pero es muy injusto culpar a alguien y decir que ese alguien fue la causa de un problema sabiendo que esa persona no es libre, sino que es sólo una parte más en una cadena de causas externas a ella.  En la literatura gringa contemporánea paperizada del debate de la libertad surge a menudo ese dilema del determinismo: ¿Cómo puede tener responsabilidad moral un sujeto no libre? Las respuestas son muchas, pero para un determinista fuerte es casi imposible admitir una responsabilidad moral del tipo de la que atribuye al individuo responsabilidad y culpa por sus actos como si este fuera la causa primaria de dichos actos y como si hubiera tenido posibilidades alternativas. Otra opción es el escepticismo acerca de la libertad (opción obviamente atractiva para mí). Esa opción consiste en decir que no se puede afirmar con seguridad si somos libres o no pues es difícil saberlo, pero que lo seamos o no, no tenemos en todo caso el tipo de libertad absoluta que presupone la responsabilidad individual moral o sobretodo que es necesaria para atribuir culpa. 

Yo me alineo entonces con un escepticismo que se ve tentado por el determinismo. Lo cual ha implicado que me cueste pensar que alguien tenga responsabilidad moral individual absoluta por sus actos y que se le pueda culpar y castigar por eso. Sí bien en la práctica y en mis reacciones morales sé que asumo una cierta libertad propia y de los demás, me seduce pensar que las personas son fuertemente determinadas por muchos factores, lo cual me facilita perdonarlas y entender que muchos actos no son enteramente culpa suya. A nivel jurídico también me llama mucho la atención esa idea y más en contextos socio-culturales difíciles, como la pobreza, la desigualdad o el conflicto. Ese último siendo particularmente interesante y central en este debate pues algo en lo que he pensado mucho en relación al tema es en la justicia transicional. La justicia transicional es central para mis reflexiones sobre libertad y escrache porque está fundada en principios que reconocen la ausencia o limitación de libertad de las personas en el marco de un conflicto. Eso permite que se piense menos en términos de culpa y castigo y que se abra paso a nociones como la reconciliación, la verdad, el perdón y la reparación. Si pensamos que los victimarios no son individualmente responsables y culpables por los hechos, sino que pertenecen a un contexto difícil, es más fácil aceptar que no sean castigados, y que se abra la posibilidad de encontrar otras vías para el fin del conflicto. En el caso del escrache quisiera pensar algo parecido. Pero me costó mucho al comienzo. Me parecía muy difícil de aceptar, en mi condición de mujer feminista, que los hombres no fueran culpables de sus actos y que no se pudieran castigar ciertas atrocidades. Pero es que nunca ha sido fácil justamente pensar más allá de la culpa y el castigo (y la venganza), menos para las víctimas. 

Si la contradicción no es evidente hasta ahora, la plantearé más explícitamente para tener más clara la resolución. Lo contradictorio se haya en que mi postura política defensora del escrache a toda costa no encaja bien con mi postura filosófica determinista y pro JEP. Por eso ha sido necesario para mí pensar en maneras de resolverla y me he ido por retomar lo que se ha pensado para la justicia transicional aplicado de cierta forma a la denuncia feminista. El caso es que, a lo que he llegado es a asumir en el caso de la violencia machista la postura de que quienes la cometen no son individuos aislados, libres y autónomos sino hombres que pertenecen a un sistema social machista, que por lo general funciona con dinámicas de grupo, de educación, de presión y complicidad. Recordar eso al momento de hacer juicios me permite ser más estructural en mis análisis, lo que de paso se alinea con la manera en la que me gusta pensar el feminismo como un proyecto estructural y no individual. La denuncia entonces me parece más útil cuando ataca el centro del problema, el machismo y la misoginia, y no a individuos específicos (aunque si se ha de hacer, repito, lo apoyo). En cuanto a una justicia transicional en el caso del escrache, creo que hay mucho que pensar aún y que hay muchas que lo están pensando, pero se me ocurre pensar también en hacer las demandas que se hacen en los procesos de la JEP hacia los victimarios: es decir, pedir formas de verdad (en la que el abusador confiesa lo que hizo y habla de por qué lo hizo, por ejemplo, por presión grupal, lo que nos permite entender mejor cómo opera el machismo), formas de reparación, reconciliación, perdón…

Así que, aunque en principio, las contradicciones performativas parecen ser la muestra de la más profunda irracionalidad práctica e incoherencia deliberativa, para mí son el primer paso para buscar salir de la “disonancia cognitiva” que se puede formar entre lo que pienso, digo y hago y me han permitido abrir espacios de pensamiento para usar mi praxis como manera de cuestionar mi teoría y mi teoría como oportunidad para cambiar mis prácticas de manera a tender hacia algo coherente, un yo más unificado, que nunca deja de ser contradictorio pues nacen nuevas contradicciones pero que al menos tiene la oportunidad de vivir en constante cuestionamiento y esfuerzo por mejorar.  


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